Daniel Ortega, el “gobernante” que nunca ha gobernado solo
2026-03-25 - 06:05
A lo largo de casi medio siglo de vida pública, la imagen de Daniel Ortega Saavedra ha sido la constante en el panorama político de Nicaragua. Sin embargo, detrás de la imagen de “gran líder” que le dan en su partido, se esconde una realidad que historiadores y analistas coinciden en señalar: Ortega nunca ha gobernado solo. Desde el triunfo de la Revolución en 1979 hasta su actual deriva autoritaria, el poder que ha ostentado el dictador sandinista ha sido siempre una estructura compartida, donde figuras de peso han ejercido como el verdadero «cerebro» o el brazo ejecutor detrás del trono. La era de los comandantes: Ortega bajo tutela militar Tras el derrocamiento de la dictadura somocista en 1979, Ortega no era más que un líder simbólico, el rostro visible dentro de la Dirección Nacional del FSLN. Durante el periodo de 1979 a 1984, el rumbo del país no dependía de su voluntad individual, sino del equilibrio de fuerzas entre los nueve comandantes de la revolución, donde él no tenía mayor peso. En aquellos años, la influencia de Tomás Borge Martínez, el temido Ministro del Interior, y de su hermano Humberto Ortega, jefe del Ejército, era determinante. Mientras Daniel cumplía un rol más diplomático y representativo, eran Borge y Humberto quienes controlaban el aparato represivo y la estrategia militar, limitando el margen de maniobra del futuro presidente. Se siguen revelando nexos del Frente Sandinista con cártel de Pablo Escobar Un vicepresidente con excesivo poder Al ganar las elecciones de 1984, la figura de su vicepresidente, el ahora escritor Sergio Ramírez Mercado, cobró un protagonismo inusual. Durante el sexenio que culminó en 1990, Ramírez no fue un simple espectador. Se le señaló repetidamente como el «verdadero cerebro» de la administración, el tecnócrata capaz de dar coherencia política y administrativa a un Ortega que carecía de formación académica y visión de Estado. Un reporte de la agencia EFE del 20 de marzo de 1984 reporta la llegada a Madrid de Sergio Ramírez. Provenía de Irán y Libia en donde había solicitado armas y municiones para enfrentar a la Contra. “Nicaragua solicitará a todos los gobiernos amigos las armas y material necesario para defenderse de la escalada de agresión norteamericana”, dijo en aquel momento Ramírez. Es claro que por los roles encomendados y la importancia que le daba la prensa sandinista entonces, el perfil de Ramírez era de alta influencia. Así se dio la Operación Berta, en donde el FSLN confiscó millones de córdobas a los nicaragüenses Los anuncios importantes y las decisiones controversiales las anunciaba Ramírez. El 31 de octubre de 1989 la agencia AFP y EFE reportaron una de sus más duras declaraciones: “Perderán su nacionalidad quienes apoyen la conspiración externa”. Una medida que en esta nueva fase de la dictadura le jugó en contra, pues él fue uno de los 316 desnacionalizados oficialmente por Ortega y Murillo. Reporte periodístico de los años 80 destaca declaraciones de Sergio Ramírez | Foto: Archivo Para el politólogo Edgard Blanco, la decisión de Ortega de dar más protagonismo a su vicepresidente en ese momento, no fue algo que se le salió de las manos, sino que se trata de una estrategia claramente definida. “Es un diseño de poder donde él nunca deja de ser el eje, pero rara vez es quien lo ejecuta, una especie de autor intelectual y autor material”, indica. De acuerdo con Blanco, Ortega piensa en mantener un liderazgo simbólico, mientras “quien concentra la operación de poder va a quedar expuesto, entonces él trata de mantener la figura central y va a reducir los costos políticos de esto”. Es decir, el dictador sandinista busca que sea otro quien cargue con las culpas y reclamos públicos de las decisiones controversiales. Un opositor manipulado Incluso durante los 16 años que el FSLN pasó en la oposición (1990-2006), Ortega mantuvo una dependencia estratégica con su hermano Humberto. A pesar de los distanciamientos públicos, la influencia del exjefe del Ejército fue clave para mantener la relevancia política de Daniel frente a los gobiernos de turno. No obstante, el giro más radical llegaría con su retorno al poder en 2007. Lo que comenzó como una alianza política y encubrimiento personal, se transformó en una simbiosis absoluta con su esposa, Rosario Murillo. Murillo, un avance lento pero brutal Durante su época de Comandante Revolucionario en la Junta de Reconstrucción y su primera dictadura al lado de Ramírez, Ortega dejaba a Murillo relegada y humillada, según múltiples reportes periodísticos que documentan testimonios de personas cercanas a la pareja en aquellos años. Fue a partir de 1998 tras el apoyo que le brindó a su esposo tras las denuncias de abuso sexual interpuestas por su propia hija Zoilamérica, que Murillo fue ganando más respeto y recibiendo más roles de control partidario por parte de Ortega. El inicio de una dinastía dictatorial En 2018, fue el punto sin retorno. Murillo usó el caos y la represión para hacerse con el control absoluto, y ahora muchos piensan que ella es en realidad la que gobierna el país. Estados Unidos ha decidido llamarle en sus comunicados e informes, la dictadura “Murillo- Ortega”, dejando claro a quien consideran la gobernante en funciones de Nicaragua. Para Edgard Blanco, “en el caso de Rosario Murillo, es un esquema que cambia de naturaleza, ya no es solamente una delegación funcional, sino que también se convierte en una concentración familiar del poder”. Esta nueva etapa de cesión del poder responde más a un nuevo modelo en el que “Ortega y Murillo tienen alguna especie de pacto de salvación política en algún momento”, indica, además deja claro que eso no exime de responsabilidades a Ortega, porque a fin de cuentas es el filtro final de las decisiones que se toman. La historia de Daniel Ortega parece ser la de un hombre que, para mantenerse en la cima, ha necesitado siempre de un guardián o de un estratega a su lado. Daniel porta la banda presidencial, pero otros son los que dan las órdenes.